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Imagínate por un momento entrando a una tienda de fotografía en los años 50 y encontrarte con cajas de película Kodak en distintas tonalidades de amarillo. Algunas vibrantes, otras apagadas, casi anaranjadas. ¿Cuál elegías? Pues bien, la mayoría de la gente escogía las cajas con el amarillo más brillante porque parecían más «frescas», más nuevas, sin darse cuenta de que el problema no era la calidad del producto sino algo mucho más prosaico: diferentes imprentas producían las cajas con diferentes estándares de color. Esta anécdota, aparentemente trivial, fue uno de los catalizadores que llevaron à la creación del sistema de referencia cromática más importante del mundo del diseño: el Pantone Matching System.
La historia de cómo un joven licenciado en química y biología transformó una pequeña imprenta en quiebra en un imperio global del color es fascinante. Nos habla de observación, de detectar problemas donde otros solo veían inconveniencias cotidianas, y de cómo una solución técnica puede convertirse en lenguaje universal. Porque eso es Pantone al fin y al cabo: un idioma que diseñadores, impresores, fabricantes textiles y todo tipo de industrias utilizan para hablar de color sin ambigüedades, sin ese eterno «¿a qué te refieres exactamente con azul cielo?»
De una imprenta en números rojos al lenguaje universal del color
La historia comienza en plena década de los cincuenta en Nueva Jersey, cuando los hermanos Mervin y Jesse Levine fundaron M&J Levine Advertising, una pequeña empresa de impresión comercial. Su principal negocio era producir cartas de color para empresas de cosméticos y moda, utilizando un sistema bastante rudimentario basado en sesenta pigmentos diferentes que mezclaban mediante ensayo y error. Como muchas empresas familiares de la época, M&J Levine funcionaba, pero sin llegar a despegar realmente.
En 1956, los hermanos Levine tomaron una decisión que cambiaría la historia del diseño gráfico sin que ellos lo supieran: contrataron a tiempo parcial a Lawrence Herbert, un recién graduado de la Universidad de Hofstra con una licenciatura en biología y química. Herbert había regresado de su servicio militar en Corea y pensaba que aquel trabajo temporal en Pantone sería solo un paréntesis antes de asistir à la escuela de medicina. El destino tenía otros planes.
Herbert no tardó en identificar el problema fundamental que aquejaba no solo a M&J Levine, sino a toda la industria de las artes gráficas: no existía un lenguaje estandarizado para comunicar el color. Cada vez que un cliente solicitaba un trabajo de impresión, la conversación se convertía en una tortuosa sesión de descripciones vagas. «Un rojo vivo», «un azul como el del océano en verano», «ese verde manzana, pero no tan intenso». El resultado era predecible: frustraciones, reimpresiones, dinero perdido y clientes descontentos.
Utilizando sus conocimientos de química, Herbert se propuso sistematizar la producción de tintas coloreadas de la empresa. Lo primero que hizo fue algo que podría parecer contraproducente: redujo drásticamente el inventario de pigmentos. De sesenta colores base pasó a trabajar con apenas diez. Con estos diez pigmentos fundamentales desarrolló un sistema de recetas precisas que permitían reproducir cualquier tonalidad de forma consistente. Cada color tenía una fórmula exacta, como una receta de cocina que cualquier impresor podría seguir para obtener exactamente el mismo resultado.
Para 1962, Herbert había conseguido algo notable: mientras la división de impresión de M&J Levine generaba beneficios gracias a su sistema, la división de displays comerciales acumulaba una deuda de 50.000 dólares. Cuando los hermanos Levine decidieron vender, Herbert vio su oportunidad. Compró los activos tecnológicos de la empresa por exactamente 50.000 dólares, la cifra necesaria para saldar las deudas. El préstamo provino de una mujer cuya identidad permanece en el misterio hasta el día de hoy, y que curiosamente no pidió participación alguna en la empresa. Herbert rebautizó la compañía como «Pantone», un neologismo que combina el prefijo griego «pan» (que significa todo o muchos) con «tone» (tono en inglés).
Un año después, en 1963, Herbert lanzó al mercado la primera edición del Pantone Matching System: un libro en forma de abanico que contenía más de mil muestras de color, cada una con su propio código numérico y, lo más importante, con la fórmula exacta de tintas necesaria para reproducirla. La genialidad del sistema residía en su simplicidad: en lugar de decir «necesito ese tono de rojo que usamos el mes pasado», un diseñador podía simplemente especificar «Pantone 185 C» y cualquier impresor en cualquier lugar del mundo sabría exactamente qué color producir.

Kodak y las cajas que cambiaron de color
Aquí es donde entra Kodak en nuestra historia, y su caso ilustra perfectamente el problema que Pantone estaba resolviendo. Durante décadas, Kodak había sido pionera en la invención y comercialización de película fotográfica, dominando el mercado con sus icónicas cajas amarillas. Sin embargo, tenían un problema de consistencia que estaba afectando sus ventas de manera inesperada.
Como Kodak trabajaba con múltiples imprentas para producir el packaging de sus rollos de película, cada fábrica reproducía el amarillo corporativo de forma ligeramente diferente. El resultado era que en las estanterías de las tiendas convivían cajas de película Kodak en distintas tonalidades: algunas con un amarillo brillante y vibrante, otras con un tono más apagado, casi anaranjado. Los consumidores, sin saberlo, habían desarrollado una preferencia clara: escogían sistemáticamente las cajas con el amarillo más luminoso porque las percibían como más frescas, asumiendo que el producto era más reciente.
Por supuesto, la variación en el color del embalaje no tenía absolutamente nada que ver con la frescura o calidad de la película que contenía. Era simplemente un problema de estandarización en el proceso de impresión. Para una empresa del tamaño y prestigio de Kodak, esta inconsistencia no solo generaba una percepción errónea de calidad desigual entre sus productos, sino que además complicaba su identidad corporativa y afectaba directamente las ventas de productos que, irónicamente, eran idénticos en calidad.
Cuando Pantone comenzó a ganar tracción en la industria, Kodak fue una de las primeras grandes corporaciones en adoptar el sistema de estandarización de color de Herbert. Al especificar un código Pantone exacto para su amarillo corporativo, Kodak garantizaba que todas sus cajas, independientemente de qué imprenta las produjera o en qué parte del mundo se fabricaran, lucirían exactamente el mismo tono distintivo. El problema de las cajas «viejas» versus las cajas «nuevas» desapareció de inmediato.
Décadas más tarde, en 2007, la relación entre Kodak y Pantone se formalizaría aún más cuando ambas empresas colaboraron en la creación del «PANTONE Color Reference Book for NEXPRESS Digital Production Color Presses». Este libro de referencia comparaba los colores Pantone reales impresos por Pantone en el lado izquierdo de la página con las mismas tonalidades simuladas por la prensa digital NEXPRESS de Kodak en el lado derecho, permitiendo a los profesionales verificar la precisión de las reproducciones cromáticas en impresión digital.

La estrategia de expansión: del problema técnico al fenómeno cultural
La genialidad de Herbert no residió únicamente en desarrollar un sistema técnico funcional, sino en su estrategia de adopción. Sabía que para que Pantone se convirtiera en el estándar de la industria, necesitaba que los fabricantes de tinta adoptaran su sistema. Pero los grandes fabricantes no le prestaban atención, así que optó por una aproximación inteligente: se dirigió a las empresas pequeñas y medianas, las imprentas familiares, los proveedores locales.
En menos de dos semanas, Herbert había vendido veinte licencias a fabricantes de tinta. Para 1968, el Pantone Matching System ya se había convertido en un estándar industrial. Para la década de los 70, Pantone había vendido más de cien mil libros de muestras y se había expandido a los mercados industriales, de plásticos, textiles y moda. La digitalización del sistema en los años 80 consolidó su dominio, y la fundación del Pantone Color Institute en 1986 añadió una dimensión de investigación y educación sobre el color que elevaría à la empresa más allá de lo meramente técnico.
El caso de Pantone demuestra algo que a menudo olvidamos en el diseño: las mejores soluciones no son necesariamente las más complejas, sino aquellas que resuelven un problema real de forma accesible y replicable. Herbert no inventó el color ni descubrió nuevos pigmentos; simplemente creó un sistema que permitía à la gente hablar de color sin ambigüedades. Y eso, en retrospectiva, era exactamente lo que el mundo necesitaba.
Hoy, cuando un diseñador especifica que un logotipo debe ser «Pantone 485 C», cuando Tiffany & Co. protégé legalmente su «Pantone 1837 Blue», o cuando cada diciembre el mundo del diseño aguarda expectante el anuncio del Color del Año de Pantone, estamos siendo testigos del legado de aquel joven químico que vio un problema donde otros solo veían inconveniencias inevitables. Un legado que transformó el color de un concepto subjetivo y esquivo en un lenguaje preciso y universal.
La historia de Pantone nos recuerda que la innovación no siempre viene de inventar algo completamente nuevo, sino de organizar, sistematizar y hacer accesible aquello que ya existe. A veces, la revolución no está en el qué, sino en el cómo. Y en el caso del color, ese cómo cambió para siempre la forma en que diseñadores, impresores y fabricantes de todo el mundo se comunican, creando un idioma cromático que trasciende barreras lingüísticas, geográficas y culturales. Todo gracias a un químico que se negó a aceptar que las cosas simplemente «eran así» y decidió que podían ser mejores.
Referencias
- Eiseman, L. (2006). Color: Messages & Meanings: A PANTONE Color Resource. Hand Books Press. Este libro de la directora ejecutiva del Pantone Color Institute explora en profundidad la psicología del color y los principios de comunicación cromática que fundamentan el sistema Pantone, ofreciendo una perspectiva autorizada sobre cómo las elecciones cromáticas afectan la percepción y el diseño.
- Eiseman, L., & Recker, K. (2011). Pantone: The Twentieth Century in Color. Chronicle Books. Una exploración visual ricamente ilustrada de cómo el color evolucionó a lo largo del siglo XX, documentada por más de 200 obras emblemáticas de arte, productos, decoración y moda, contextualiza la importancia histórica del sistema de estandarización cromática.
- Gage, J. (1999). Color and Culture: Practice and Meaning from Antiquity to Abstraction. University of California Press. Este trabajo académico fundamental examina la historia cultural del color desde la antigüedad hasta el arte abstracto, proporcionando el contexto histórico necesario para comprender la revolución que supuso la estandarización cromática industrial.
- Gijsenij, A., Lucassen, M., & Gevers, T. (2021). Analyzing a decade of Colors of the Year. Color Research & Application, 46(1), 16–31. Artículo académico que analiza el fenómeno del Color del Año de Pantone desde una perspectiva científica, explorando las tendencias cromáticas y su impacto en la cultura visual contemporánea.
- de Medeiros Dantas, Í. J., & de Brito Mendes, L. (2021). Semiotic Analysis of Pantone’s® Colors of the Year in the 2000s. Eikon Journal on Semiotics and Culture, 4, 1–14. Un análisis semiótico que examina cómo Pantone utiliza el color como herramienta de diferenciación comercial y cómo los colores del año funcionan como productos culturales que reflejan y moldean los contextos sociales en los que se insertan.







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