Por qué nunca damos el trabajo por terminado

Los dise­ña­do­res edi­to­ria­les vivi­mos en un esta­do de aten­ción per­ma­nen­te al deta­lle que resul­ta incom­pren­si­ble para quien está fue­ra del gre­mio. La elec­ción tipo­grá­fi­ca, la com­bi­na­ción de colo­res, las líneas viu­das, la reso­lu­ción de imá­ge­nes: cada deci­sión tie­ne con­se­cuen­cias visua­les, emo­cio­na­les y pro­fe­sio­na­les. Este artícu­lo ana­li­za por qué esa obse­sión no es un defec­to sino la con­di­ción nece­sa­ria para un dise­ño bien hecho, cuán­do se con­vier­te en tram­pa y qué tie­nen en común los gran­des maes­tros del dise­ño: Jan Tschi­chold, Bea­tri­ce War­de y Mas­si­mo Vignelli.