Un libro sobre una empresa suele llegar à la mesa cuando todo parece decidido. Hay textos aprobados, fotografías clasificadas y una fecha de entrega demasiado cercana. Entonces alguien pregunta por el tamaño y otro propone una tapa dura. El proyecto avanza como si diseñar fuera vestir un contenido terminado. Irma Boom trabaja justo al contrario. Para ella, formato, papel, lomo, cantos y secuencia participan desde el principio. Todos contribuyen a construir el significado.
Esa manera de pensar explica por qué sus libros se comparan tantas veces con edificios. No porque sean monumentales, aunque algunos realmente lo son, sino porque organizan recorridos. Una página funciona como una habitación; un pliego, como un pasillo; un cambio de papel, como una puerta. El lector no recibe solamente información. Entra, avanza, se detiene, retrocede y descubre relaciones que no estaban escritas de forma explícita. El libro deja de ser una caja decorada y se convierte en una arquitectura portátil. Su obra forma parte de la colección del MoMA, y el Rijksmuseum ha presentado más de treinta de sus libros.

Diseñar después de investigar
Boom no empieza escogiendo una tipografía ni buscando una cubierta llamativa. Empieza leyendo, preguntando, clasificando y dudando. Su trabajo sobre el «SHV Think Book» ocupó cinco años, con una primera etapa dedicada ampliamente a investigar la compañía. Consultó archivos, entrevistó empleados, asistió a reuniones y examinó documentos corporativos antes de construir la forma definitiva. El resultado reunió 2136 páginas y relató cien años de historia en orden cronológico inverso. Ese procedimiento tiene una consecuencia importante: la diseñadora no actúa como una decoradora contratada al final. Participa en la edición y encuentra estructuras dentro del material. Boom prefiere hablar de encargos y comitentes, no simplemente de clientes. Entiende el proceso como una colaboración entre iguales. Su aportación puede modificar jerarquías, descubrir temas ocultos o cuestionar el relato inicial.
Para una empresa, esta actitud puede parecer incómoda. Obliga a revisar el archivo, detectar contradicciones y decidir qué merece permanecer. Sin embargo, también evita publicaciones perfectamente correctas que nadie recuerda. Una memoria histórica no mejora colocando fotografías antiguas sobre fondos elegantes. Mejora cuando alguien comprende por qué esas imágenes están juntas, qué silencios existen y cómo puede recorrerlos el lector. Por eso, investigar no retrasa necesariamente el diseño. En realidad, evita decisiones arbitrarias durante la producción. Cuando la idea nace del contenido, cada elección física encuentra una razón. Y cuando no aparece esa razón, quizá conviene no hacer nada extraordinario. Ahí está una de sus lecciones menos vistosas, aunque resulta muy útil: experimentar no significa llenar páginas de ocurrencias.
El libro como recorrido físico
El «SHV Think Book» eliminó numeración, índice y tabla de contenidos para favorecer una lectura no lineal. Además, sus cantos muestran imágenes distintas según la dirección del hojeado. Aparece un campo de tulipanes o un poema neerlandés. La cubierta también revela detalles con el uso. Nada de eso funciona como adorno independiente. Cada recurso refuerza la idea de una historia empresarial abierta, subjetiva y recorrible. Aquí conviene detenerse, porque copiar esos gestos sería bastante fácil y probablemente desastroso. Quitar los números de página no vuelve inteligente una publicación. Trabajar los cantos tampoco convierte automáticamente un catálogo en una experiencia. La operación funciona cuando altera conscientemente la relación entre el lector y el contenido. Sin esa necesidad, solamente añade coste, dificulta la consulta y provoca llamadas enfadadas al estudio.
Boom entiende la escala, el peso y el grosor como variables narrativas. Antes de producir, construye pequeñas maquetas que permiten observar la distribución general. Esos modelos reducen cientos de páginas a un objeto manejable y muestran ritmos que una pantalla oculta. Según explica, trabaja desde fuera hacia dentro, comprobando primero qué clase de cuerpo necesita el libro. La comparación arquitectónica aparece entonces con bastante precisión. Un arquitecto no decide primero el color de las paredes y después pregunta quién ocupará el edificio. Estudia usos, circulaciones, luz, materiales y límites. Un diseñador editorial debería hacer algo parecido. Antes de maquetar una memoria conmemorativa, necesita saber si será consultada, leída seguida, regalada, archivada o mostrada. Parece elemental, pero habían proyectos que llegan a imprenta sin que nadie haya formulado esa pregunta.

Cuando el material cuenta la historia
Uno de los proyectos más conocidos de Boom es «Nº 5 Culture Chanel», un libro blanco realizado sin tinta. Las imágenes y citas aparecen mediante relieve, mientras los bordes sin cortar y la encuadernación sencilla refuerzan una presencia delicada. El perfume no podía reproducirse visualmente, así que el libro trabaja con ausencia, tacto y luz. El objeto no ilustra el aroma; intenta construir una equivalencia sensorial. En «Sheila Hicks: Weaving as Metor», el papel grueso y los cantos deliberadamente irregulares recuerdan fibras textiles. La edición obtuvo la medalla de oro del concurso «Los libros más bellos del mundo» en Leipzig. Nuevamente, la materialidad no añade lujo superficial. Traduce una cualidad esencial de la obra de Hicks y hace que sostener el volumen forme parte de su lectura.
Esta forma de trabajar resulta especialmente relevante para publicaciones corporativas que deben conservar memoria. Una empresa industrial puede recurrir a papeles que evoquen procesos, superficies o materias empleadas en su actividad. Una institución cultural puede alterar la secuencia para reproducir el recorrido de un archivo. Una marca vinculada al territorio puede utilizar los cantos, las guardas o la encuadernación para introducir capas geográficas. Sin embargo, el material nunca debería fingir una identidad inexistente. Un papel reciclado no vuelve sostenible una compañía, igual que una encuadernación artesanal no garantiza cercanía. El recurso debe partir de hechos y contenidos verificables. De lo contrario, el libro acaba convertido en escenografía corporativa. Bonita, fotografiable y hueca. Además, experimentar exige conversar pronto con impresores y encuadernadores. Los mejores resultados nacen cuando producción participa mientras la idea todavía puede cambiar. Boom defiende el libro industrial, reproducible y accesible, no la pieza única protegida dentro de una vitrina. Su innovación ocurre precisamente al empujar los medios de producción sin abandonar la edición múltiple.
Ordenar imágenes también es escribir
En «Making Design», publicado por Cooper Hewitt, Boom organizó más de 1100 objetos mediante secuencias visuales. Las imágenes establecen relaciones por forma, textura, color o función, mientras los ensayos avanzan en paralelo. Así, el diseño no se limita a facilitar la lectura de textos previamente ordenados. Produce otra narración, silenciosa pero activa, capaz de conectar piezas separadas por siglos y disciplinas. Este método interesa mucho a empresas con archivos extensos. Habitualmente, sus fotografías se clasifican por año, departamento o proyecto. Ese orden ayuda a localizar documentos, pero rara vez construye una publicación atractiva. Boom demuestra que una secuencia puede descubrir parentescos inesperados. Una máquina antigua dialoga con una interfaz reciente. Un detalle arquitectónico acompaña un gráfico. Una textura fabril puede encontrarse con un retrato.
La operación requiere criterio editorial y cierta valentía. También necesita límites, porque una asociación visual brillante puede confundir cuando sustituye información necesaria. Una cronología empresarial, por ejemplo, quizá deba mantenerse accesible en un anexo. Mientras tanto, el cuerpo principal puede organizarse mediante temas, materiales, gestos o transformaciones. Claridad y sorpresa no son enemigas; solamente cumplen funciones distintas. Aquí aparece una aplicación directa para catálogos institucionales y publicaciones de marca. Muchos documentos contienen buenos materiales, pero presentan cada elemento aislado dentro de una retícula obediente. El lector entiende todo y recuerda muy poco. Introducir secuencias, recurrencias y pausas permite convertir información dispersa en experiencia. Por otra parte, ordenar imágenes también implica asumir responsabilidad. El diseñador decide qué aparece primero, qué se relaciona y qué queda fuera. Esa autoría no debería ocultarse bajo la expresión «hacerlo bonito». Cuando una publicación representa décadas de trabajo, su estructura nunca es neutral. Conviene discutirla, justificarla y revisarla igual que cualquier texto importante.

Romper la cronología con sentido
El orden cronológico parece objetivo, aunque también puede resultar perezoso. Colocar acontecimientos desde el más antiguo hasta el reciente ofrece seguridad, pero no siempre explica una transformación. El «SHV Think Book» recorrió la historia al revés, comenzando por el presente y avanzando hacia sus antecedentes. Esa inversión presentaba el pasado como causas descubiertas después. Ya no parecía una marcha inevitable hacia el éxito. Para una publicación conmemorativa, romper la cronología puede tener mucho sentido. Una organización podría comenzar con sus desafíos actuales y buscar después las decisiones históricas que los explican. También podría alternar décadas mediante temas persistentes, como innovación, territorio, personas o servicio público. El lector comprendería continuidades que una línea temporal convencional separa.
Ahora bien, la cronología sigue siendo una herramienta excelente cuando el contenido exige consulta rápida. El problema no está en utilizarla, sino en aceptarla sin analizar alternativas. Boom enseña que la estructura debe convertirse en una decisión narrativa consciente. A veces la mejor solución será lineal, sobria y previsible. Otras veces convendrá construir recorridos paralelos, entradas múltiples o capítulos que puedan leerse independientemente. La clave consiste en identificar cómo llegará el público al libro. Un investigador buscará nombres y fechas; un empleado quizá persiga recuerdos; un cliente externo necesitará contexto. Todos pueden compartir la misma publicación, pero no necesariamente el mismo recorrido. Índices, señales laterales, cambios de papel y niveles tipográficos pueden atender esas lecturas. El volumen no necesita convertirse en laberinto. Por eso, la experimentación útil no elimina orientación: la redistribuye. Puede desplazar el índice, esconder una capa secundaria o convertir los cantos en mapa. Pero debe dejar pistas suficientes. La arquitectura más estimulante también permite encontrar la salida, y eso vale igualmente para un libro de empresa.

Experimentar sin perder claridad
Existe una imagen equivocada de Irma Boom como diseñadora dedicada a producir objetos extravagantes. Su trayectoria muestra algo bastante más exigente. Cada proyecto busca una forma específica, y no todos necesitan el mismo grado de ruptura. El archivo vivo conservado por Allard Pierson incluye pruebas, maquetas y materiales incompletos. El proceso explora posibilidades antes de fijar una solución. Esa fase de ensayo debería formar parte de cualquier encargo editorial ambicioso. Probar dos tamaños, tres papeles o distintas secuencias cuesta poco comparado con corregir una tirada. Además, las maquetas físicas revelan problemas difíciles de detectar en pantalla. Aparecen pesos excesivos, márgenes incómodos, pliegues conflictivos o capítulos interminables.
La claridad tampoco depende exclusivamente de una retícula convencional. Puede surgir mediante ritmo, contraste y repetición. Un cambio de papel separa bloques sin añadir pestañas. Un color en el canto permite localizar capítulos. Una cubierta silenciosa puede aumentar el impacto de una apertura intensa. El lector debe comprender el sistema después de unas páginas. Ese sistema no tiene que parecerse al de un informe estándar. Para empresas, el punto delicado suele ser el miedo a parecer poco serias. Sin embargo, la seriedad no exige aburrimiento. Exige coherencia, legibilidad y respeto por el contenido. Una memoria histórica puede incorporar recursos táctiles o secuencias inesperadas sin perder información. Incluso puede mejorarla, porque obliga a jerarquizar y eliminar repeticiones. El riesgo contrario también existe. Convertir cada detalle en una declaración formal agota al lector y encarece la producción. Boom resulta inspiradora cuando se entiende su método, no cuando se imitan sus efectos. La pregunta adecuada no es «¿qué haría Irma?», sino «¿qué necesita este libro para ser solamente suyo?».

Publicaciones pensadas para permanecer
Una memoria anual suele diseñarse para cumplir una obligación y desaparecer después. Un libro conmemorativo, en cambio, aspira a permanecer en despachos, bibliotecas y hogares. Esa diferencia debería cambiar el proyecto entero. Cuando la vida útil vaya a ser larga, importan el papel, la encuadernación y la legibilidad futura. También cuenta la capacidad de seguir ofreciendo descubrimientos. Boom defiende el libro físico dentro de un mundo digital porque ofrece escala, peso, tacto e incluso olor. Su trabajo no compite con la pantalla intentando copiarla. Aprovecha aquello que una interfaz no puede reproducir plenamente. También recuerda que el libro es una edición múltiple. Esa arquitectura puede viajar y repetirse sin perder presencia.
Para una empresa, eso significa distinguir entre información destinada a actualizarse y contenido merecedor de una forma duradera. Datos variables, tarifas o indicadores vivos funcionan mejor en soportes digitales. Una historia institucional, un archivo fotográfico o una investigación pueden justificar una publicación física. También puede hacerlo el relato de una transformación. El presupuesto, por supuesto, determina posibilidades. Pero la permanencia no depende siempre de acabados caros. Puede surgir de un formato proporcionado, una edición rigurosa, un papel adecuado y una secuencia memorable. «Nº 5 Culture Chanel» demuestra que incluso la ausencia de tinta puede convertirse en concepto. Aunque nadie debería interpretar esto como una invitación a imprimir informes invisibles. La lección final de Irma Boom no consiste en hacer libros gruesos, blancos o difíciles de clasificar. Consiste en conceder al objeto editorial la misma atención que al contenido. Cuando ambos se desarrollan juntos, la publicación deja de transmitir solamente datos. Empieza a representar una cultura, organizar una memoria y construir un lugar al que merece la pena volver.

Referencias
- Boom, I., y Lommen, M. (2013). «Irma Boom: The Architecture of the Book: Books in Reverse Chronological Order, 2013–1986, with Comments Here and There». Lecturis y University of Amsterdam Special Collections. Esta monografía en miniatura permite estudiar la trayectoria de Boom mediante sus propios libros, comentarios y decisiones materiales.
- Boom, I., y Koolhaas, R. (2022). «Irma Boom: Book Manifest: Books in Reverse Chronological Order, 2022–1986, with Comments Here and There». Koenig Books. El volumen combina una retrospectiva de más de 350 proyectos con una reflexión sobre la historia, vigencia y posibilidades futuras del libro.
- Boom, I., y Pijnappel, J. (Eds.). (1996). «SHV Think Book 1996–1896». SHV Holdings. Es la obra esencial para comprender cómo una investigación corporativa puede transformarse en una estructura editorial no lineal y materialmente significativa.
- Lommen, M. (2015). «Irma Boom: Autonomously Assigned». «Parenthesis», 29, 21–23. Este ensayo analiza el papel autoral de Boom, su defensa de la producción industrial y la relación entre materiales, edición y contenido.
- McCarty, C., y McQuaid, M. (2014). «Making Design: Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum Collection». Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum. El catálogo muestra cómo la secuencia visual puede construir una narración paralela y conectar objetos procedentes de épocas muy distintas.
- Stritzler-Levine, N. (Ed.). (2006). «Sheila Hicks: Weaving as Metaphor». Yale University Press. La publicación constituye uno de los mejores ejemplos de integración entre papel, encuadernación, textura y significado artístico.
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