Cuando Lora Lamm llegó a Milán en 1953 tenía una formación suiza muy reconocible y un mercado italiano en plena reconstrucción. Había estudiado entre 1946 y 1951 en la Kunstgewerbeschule de Zúrich, en la clase de gráfica de Ernst Keller y con docentes como Johannes Itten y Ernst Gubler. Pasó brevemente por el Studio Boggeri y por el área de packaging de Motta antes de entrar, en 1954, en el departamento de publicidad de La Rinascente. Allí encontró algo más interesante que un cliente: encontró un sistema completo de comunicación comercial.
La Rinascente de mediados de los cincuenta no entendía el diseño como un barniz aplicado al final de la venta. El almacén utilizaba arquitectura, escaparates, carteles, catálogos, folletos, anuncios, envoltorios y exposiciones como partes de una misma experiencia. Max Huber había creado en 1950 el conocido monograma «lR» y Albe Steiner había ejercido como director artístico. En 1955, bajo la dirección de Gianni Bordoli y Amneris Latis, Lamm aparece documentada como responsable de gráfica dentro de la oficina de publicidad. Era un lugar donde el diseño se producía muy cerca del producto, del punto de venta y del calendario comercial.
Ese contexto ayuda a entender por qué su obra resulta tan útil hoy. Lamm no trabajaba una identidad corporativa reducida a logotipo, paleta y tipografía obligatoria. Tenía que resolver campañas de temporada, rebajas, moda, hogar, escuela, exposiciones temáticas y productos muy distintos. La imagen debía seguir siendo La Rinascente y, al mismo tiempo, sorprender cada pocas semanas.
El Museum für Gestaltung Zürich resume esa tensión con bastante precisión: Lamm buscaba una apariencia unitaria, pero no uniforme. Su respuesta fue mezclar ilustración, tipografía y fotografía con una libertad mayor que la asociada normalmente al diseño suizo de la época. La disciplina seguía ahí, en la composición y la jerarquía, pero ya no obligaba a que todas las piezas pareciesen variaciones de una misma maqueta.
El collage era un método, no un efecto
Mirados desde una pantalla actual, muchos trabajos de Lamm parecen fáciles de reconstruir: una figura recortada, una mancha de color, unas letras inclinadas, una fotografía colocada sobre un fondo limpio. El resultado engaña. Antes del ordenador, cada una de esas decisiones implicaba materiales, escalas, pruebas y una relación física con el original.
El Museum für Gestaltung conserva bocetos que permiten ver ese proceso material. Uno de 1957, realizado para La Rinascente, mide apenas 15,5 × 13,5 centímetros y combina acuarela, gouache y lápiz. El museo explica además que Lamm desarrollaba sus propuestas de cartel en pequeño formato DIN A6 para comprobar primero si el motivo funcionaba como estructura. Eye, a partir de entrevistas y documentación de su obra, completa la secuencia con collage, fotocomposición y lettering antes de la ampliación para impresión. En algunos originales permanecían visibles incluso trazos de lápiz.
Esto cambia la lectura de sus composiciones. El collage no era un filtro estético que se aplicaba cuando la idea ya estaba resuelta. Era una forma de pensar. Recortar permite probar proporciones sin comprometerse con una ilustración terminada. Mover una fotografía sobre el papel obliga a decidir qué relación mantiene con el texto. Dibujar letras para una campaña concreta evita que la tipografía funcione como una capa neutra. Y trabajar a pequeña escala fuerza a comprobar si la idea se sostiene antes de dedicar tiempo à la producción.
La variedad tipográfica forma parte del mismo método. Lamm no se aferró a una única familia. En sus piezas aparecen grotescas, sans serif, serif como Bodoni, tipos de madera y letras dibujadas. Lo constante no era la fuente, sino la claridad con la que texto e imagen se repartían el trabajo. Una palabra podía convertirse en forma; una ilustración podía asumir la función de titular; una fotografía podía ser cortada hasta dejar de comportarse como una fotografía convencional.
Ahí está una diferencia importante respecto al uso contemporáneo del collage como «estilo». Si el recurso se reduce a superponer recortes, texturas y cinta adhesiva digital, termina siendo otra plantilla. En Lamm, cada técnica respondía a lo que había que contar. Por eso unas campañas son delicadas y otras casi abruptas; unas se apoyan en personajes dibujados y otras en objetos o fotografía. La unidad no procede de repetir recursos, sino de repetir una manera de tomar decisiones.








Una campaña podía empezar en papel y terminar en el espacio
El archivo histórico de La Rinascente permite comprobar hasta qué punto las campañas comerciales desbordaban el cartel. En la gran manifestación dedicada a Gran Bretaña en 1957, por ejemplo, se documentan el montaje interior, la cubierta del catálogo, papeles recortables, sobres para envío y bolsas o envoltorios. La gráfica de esas piezas fue realizada por Lamm dentro de un equipo en el que Amneris Latis ejercía la dirección artística, Gian Carlo Ortelli se ocupaba del montaje y Attilia Faggian del display.
Ese reparto de responsabilidades importa. Decir que Lamm «llevó el collage al escaparate» funciona como síntesis visual, pero no conviene convertirla en autora única de cada vitrina o montaje de La Rinascente. La documentación muestra un trabajo colectivo. Lo decisivo es que la gráfica podía nacer en un cartel o un catálogo y convivir después con el espacio, los objetos, la señalización y los materiales promocionales. El lenguaje comercial no se detenía en el borde de la página.
El propio archivo de la empresa describe la comunicación de La Rinascente entre 1950 y 1970 como un sistema coherente entre canales internos y externos. La continuidad debía mantenerse simultáneamente entre el espacio de venta, los escaparates y la señalización, y entre carteles, listas de precios, catálogos y packaging. También explica que collages, montajes, objetos encontrados y materiales cotidianos podían pasar de la página à la vitrina. Es una observación especialmente útil para leer la obra de Lamm en su contexto: sus composiciones no eran piezas aisladas para contemplar, sino nodos dentro de una cadena comercial mucho más amplia.
La campaña «Il Giappone», de 1956, ofrece un buen ejemplo. El archivo conserva cartel, invitaciones y catálogo, y atribuye el proyecto gráfico a Lamm bajo la dirección artística de Amneris Latis. El sistema recurre a formas geométricas, áreas de color y referencias visuales japonesas sin construir una decoración literal. No hay necesidad de repetir exactamente la misma composición para que las piezas se reconozcan como parte de un mismo acontecimiento.
Esa lógica se repite en otras campañas conservadas: «Festival dell’Estate», «Volentieri a scuola», «I fiori nella casa», «Distensione nella Casa» o los materiales para la apertura de La Rinascente de Piazza Fiume en Roma en 1961. Cambian el asunto, el formato y la solución gráfica. Permanece una forma de presentar los productos con suficiente aire, humor y síntesis para que el mensaje comercial no parezca una ficha de inventario.
Reconocible no significa idéntico
La lección más actual de Lamm quizá no esté en sus colores ni en sus recortes, sino en cómo se mantiene una identidad cuando cada pieza necesita ser distinta. Hoy es habitual resolver una familia de catálogos, campañas o publicaciones definiendo un conjunto estable de componentes: una retícula, dos tipografías, un estilo de fotografía, una posición fija del logotipo y varios módulos reutilizables. Es eficiente, pero puede convertir una colección viva en una secuencia de variaciones previsibles.
La Rinascente de aquellos años ofrece el caso contrario. Su archivo señala que existía continuidad tanto entre canales simultáneos como a lo largo del tiempo, pese à la enorme diversidad de códigos, lenguajes y estilos. No se trataba, por tanto, de eliminar la diferencia, sino de administrarla.
En Lamm esa coherencia se construye a través de principios más que de posiciones fijas. La idea domina sobre el ornamento. El producto o la situación concreta proporcionan el punto de partida. La composición deja zonas de respiración. La tipografía participa en la imagen y no se limita a rotularla. El color suele organizar la atención en lugar de rellenar superficies. Y el humor aparece como una pequeña desviación de lo esperado, no como un gag que réclame todo el protagonismo.
El cartel de rebajas «Saldi», de 1957, y las campañas de moda muestran esa capacidad de cambiar de registro sin perder carácter. En «La Moda 1960», una figura femenina se construye casi como una gran pincelada alrededor de un rostro y de una tipografía que parece colocada a mano. En otras piezas, la silueta se vuelve más geométrica, la fotografía entra en juego o el texto se dispersa por la superficie. El Museum für Gestaltung conserva varias de estas obras y destaca precisamente la combinación de técnica suiza con una ejecución lúdica influida por Italia.
Para un catálogo actual, esto sugiere una estrategia distinta de la plantilla cerrada. La familia puede compartir unas pocas reglas —jerarquía, proporciones, comportamiento del color, tratamiento del espacio, presencia de marca— y permitir que cada entrega encuentre su imagen. Una colección de libros puede conservar formato, arquitectura tipográfica y sistema de cubierta sin imponer la misma ilustración. Una campaña estacional puede mantener el tono y la lógica compositiva mientras cambia de técnica. La consistencia se vuelve perceptiva, no mecánica.







Diseñar para un público que también estaba cambiando
El trabajo de Lamm se suele describir por su ligereza, su color y su humor. Pero detrás de esas cualidades había una transformación del consumo y también de la figura à la que se dirigía la publicidad. El Museum für Gestaltung subraya que muchas de sus piezas interpelaban a una mujer de posguerra más autónoma y segura de sí misma. La Oficina Federal de Cultura suiza, al concederle el Grand Prix Design en 2015, destacó asimismo que su trabajo en La Rinascente aportó una visión propia dentro del diseño milanés de los cincuenta y sesenta.
No conviene idealizar ese contexto. La comunicación seguía teniendo un objetivo comercial y presentaba estilos de vida asociados al consumo. Pero La Rinascente entendió que vender objetos modernos exigía también construir un imaginario moderno. Sus grandes manifestaciones introducían productos, culturas visuales y modos de habitar que para buena parte del público italiano eran novedosos. El archivo de la empresa insiste en esa relación entre mercancías, imágenes y cultura durante los años del boom económico.
Lamm encontró ahí un terreno donde la ilustración podía ser sofisticada sin perder inmediatez. Sus personajes no suelen parecer modelos solemnes. Hay sombreros excesivos, cuerpos reducidos a unas pocas curvas, objetos que adquieren un peso inesperado y textos que entran en la escena. Esa economía gráfica servía a un medio comercial que necesitaba captar atención con rapidez, pero también daba à la campaña un tono reconocible.
Su trabajo para Pirelli confirma que la fórmula no dependía exclusivamente de la moda femenina. Desde 1958 pudo colaborar como freelance con La Rinascente y aceptar encargos para Pirelli, Elizabeth Arden, Niggi o Latte Milano. La Fondazione Pirelli documenta precisamente cómo en esos encargos incorporó collage y fotomontaje para anunciar desde neumáticos de scooter hasta productos técnicos. Cambian el producto y el público, pero continúa la tendencia a convertir una función práctica en una imagen concisa, a menudo con ironía.
Del original manual al sistema editorial actual
Resulta tentador mirar a Lamm como una reserva de recursos retro: gouache, recortes, colores planos, siluetas femeninas y tipografía irregular. Copiar esa superficie sería quedarse con lo menos interesante. Su método sirve mejor como recordatorio de que una identidad visual puede ser fuerte sin convertir cada pieza en un clon.
Antes de empezar una campaña, Lamm buscaba el objeto o la idea que debía comunicar. Esa prioridad sigue siendo válida en un flujo digital. Un equipo puede abrir InDesign, Illustrator o Figma con una biblioteca de componentes perfectamente organizada y, aun así, comenzar por el lugar equivocado si la plantilla decide la solución antes que el contenido. El trabajo manual de Lamm imponía una resistencia física: había que dibujar, cortar, mover, pegar, fotografiar y ampliar. Esa fricción obligaba a elegir. El software permite producir veinte variantes en minutos, pero no garantiza que haya veinte ideas.
También merece atención su relación con la escala. Trabajar pequeño y ampliar después favorecía la lectura global. La pieza tenía que funcionar como estructura antes de revelar el detalle. En diseño editorial, esa comprobación sigue siendo útil: una doble página, una cubierta o un cartel debería poder evaluarse a distancia o en miniatura para saber si la jerarquía se entiende. Después llegan la tipografía fina, los ajustes de imagen y la producción.
Otra enseñanza está en separar sistema e imitación. El sistema de La Rinascente podía admitir a Lamm, Huber, Steiner, Sambonet, Iliprandi y otros diseñadores sin exigir que todos dibujasen igual. Había una marca, un contexto comercial, unos canales y una cultura de diseño compartida. La unidad surgía de la dirección y de la calidad de las decisiones, no de obligar a que todos los resultados tuviesen la misma textura.
Para publicaciones periódicas, colecciones de producto o campañas con muchas entregas, esta idea puede traducirse en una pregunta sencilla: ¿qué elementos tienen que permanecer estables para que podamos permitirnos cambiar el resto? Si la respuesta es «casi todo», probablemente el sistema sea demasiado rígido. Si no permanece nada, la familia se deshace. Entre ambos extremos hay un terreno fértil: suficientes constantes para reconocer la marca y suficiente libertad para que cada contenido encuentre su propia forma.
Lamm regresó a Zúrich en 1963 y continuó trabajando, primero como freelance y después vinculada à la agencia Frank C. Thiessing. Durante mucho tiempo su etapa milanesa quedó menos visible de lo que merecía. El Museum für Gestaltung comenzó a reintroducirla con fuerza en el relato del diseño suizo a partir de los años 2000; en 2015 recibió el Swiss Grand Award for Design y entregó su archivo al museo. En octubre de 2024 fue nombrada miembro honoraria de la Alliance Graphique Internationale. Murió en Zúrich el 16 de marzo de 2025, a los 97 años.
Su obra sigue siendo útil por una razón bastante concreta. Demuestra que una campaña puede ser coherente sin parecer prefabricada. El collage, la ilustración, la fotografía y la tipografía eran herramientas variables; la continuidad estaba en el criterio. Para quienes hoy diseñan catálogos, publicaciones o series comerciales, quizá esa sea la parte más difícil de copiar y también la que más merece la pena conservar.

Referencias
- Museum für Gestaltung Zürich. (2025, 6 de abril). Lora Lamm: visuelle Kommunikation mit Humor und Poesie. Texto de Bettina Richter. Consultar la fuente.
- Museum für Gestaltung Zürich. (s. f.). Plakatentwurf, (ohne Text), 1957. Lora Lamm. eGuide. Consultar la ficha del objeto.
- Rinascente Archives. (s. f.). Graphic Design and Visual Communication lR, 1950–1970. Consultar el archivo.
- Rinascente Archives. (s. f.). The Golden Years, 1954–1957. Consultar la fuente.
- Rinascente Archives. (s. f.). Grandi Manifestazioni lR. Consultar el archivo.
- Rinascente Archives. (s. f.). Archivio Amneris Latis. Consultar el fondo.
- Medioli, C. (2017). A breath of fresh air. Eye Magazine, 93(24). Leer el artículo.
- Swiss Federal Office of Culture. (2015, 14 de abril). Schweizer Grand Prix Design 2015 für Lora Lamm, Luc Chessex und Team’77. Consultar la comunicación oficial.
- Fondazione Pirelli. (2018, 19 de abril). Lora Lamm: A Swiss Designer for Pirelli. Consultar la fuente.
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